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EL CONCEPTO DE CONCIENCIA EN ROJAS-BERMÚDEZ. (Amelia Coppel 2015)
Rojas Bermúdez se sitúa dentro del “monismo siconeural emergentista” propuesto por Bunge. Este autor considera que la autoconciencia es un proceso cerebral y, en cualquier caso, “no es una entidad sino un conjunto de estados conscientes” (Bunge 2011, 194). Las tesis principales:

  • los estados mentales son estados neuronales.
  • estos estados son emergentes de los componentes celulares del cerebro.
  • las relaciones sicofísicas son relaciones entre subsistemas del cerebro o entre algunos y el organismo.

En el inicio de la vida, todos los organismos vivos que tienen sistema nervioso poseen sistemas neuronales comprometidos y algunos también tienen sistemas neuronales plásticos. En el ser humano, los sistemas neurales comprometidos regidos por la información genética y el sistema interoceptivo dan paso, a partir del control de esfínter, a otra etapa dirigida por la información social y el sistema exteroceptivo donde la plasticidad es la que regula la autoorganización de los sistemas neurales plásticos. De este último sistema surge el Yo como una instancia nueva resultante de la integración orgánica de las estructuras genéticas estables (sistema límbico) y del aprendizaje social (neocortex). Su orden de aparición va a estar determinado por la evolución del sistema nervioso. Según las palabras de Rojas-Bermúdez (1997, 13) “el Yo es un producto de la actividad neocortical que al organizarse sobre sistemas neuronales plásticos permite continuos cambios y modificaciones”. De este modo, el Yo va a tener dos fuentes fundamentales de información, por un lado, los registros de los mecanismos genéticos y por otro, la estructura social. Esta información epigenética es el resultado de las complementaciones del organismo con el ambiente en los primeros años de vida y supone la base del Yo. Esta base (Núcleo del Yo) es considerada la infraestructura yoica, en contraposición con la superestructura que se correspondería con los roles sociales. En medio está el Yo como resultado de la integración de lo genético con lo social. En palabras del autor “el yo incipiente marca el inicio del predominio de lo cortical sobre el sistema límbico” (Rojas-Bermúdez, 2012, 43).

Volviendo a la idea de que los sucesos mentales son emergentes respecto de los sucesos biológicos no mentales y que estas propiedades han aparecido en algún momento del tiempo a lo largo de un proceso evolutivo, Jacob (2005, 78) considera que “el vector tiempo, necesario ahí donde hay vida, forma parte ahora de nuestra representación del mundo”. Todos los organismos están regulados por sus ciclos fisiológicos, poseen sistemas de memoria, como el genético, y esta memoria es el resultado de la evolución. Todo lo que un ser vivo puede percibir es aquello que su programa genético le permite descubrir. En consecuencia, el mundo exterior cuya “realidad” conocemos es una creación del sistema nervioso. Por tanto, la conciencia depende de la estructura biológica del sujeto que conoce, de la estructura del objeto conocido y de sus interacciones.

Rojas-Bermúdez (1997, 356)) retomando los conceptos de Jacob (2005) de la realidad biológica como “la representación particular del mundo exterior que construye el cerebro de una especie dada” y las de Maturana & Varela (1999) sobre la congruencia estructural como “la selección de receptores condicionados por su propia estructura biológica” asienta las bases de su visión neurofisiológica de la conciencia. El sistema nervioso se mueve dentro de una clausura operacional donde la información está condicionada por los propios receptores y las respuestas moduladas por los efectores, siendo ésta la realidad biológica de cada uno. Este autor considera la existencia de un sistema neuronal comprometido preprogramado y un sistema neural plástico auto-organizado que permite nuevas funciones, a éste último pertenece el Yo (neocortex). En este sentido, el desarrollo del Yo va a contener tanto las sensaciones que se activan ante una situación dada como las que le llegan de su fisiología, la integración de ambas forman asociaciones neuronales que le permitirán una respuesta con mayor información. Me parece importante hacer hincapié en la importancia de los registros del núcleo del Yo como orientadores para los actos yoicos.

En resumen, el Yo es una función del sistema nervioso central que resulta de la integración orgánica que comienza durante el acto de nacer y se culmina alrededor de los cuatro o cinco años con el control esfinteriano (Rojas Bermúdez, 1997). Una vez establecido este control aparece la actividad yoica (neocortex), que pone en acción nuevos circuitos neuronales que permiten al Yo dos funciones fundamentales, por un lado, la relación de su cuerpo con los procesos interiores, y por otra, la relación de su cuerpo con las situaciones ambientales. A partir de la organización del neocortex, el Yo es capaz de tomar conciencia de lo que piensa, siente, y hace, siguiendo, en todo momento, las indicaciones del Núcleo del Yo (sistema límbico) que le comunica cual es el área de donde proviene esta información. Hay que tener en cuenta que la información que proporcionan las áreas (mente, cuerpo, ambiente) del núcleo del Yo no proporciona ningún tipo de contenido sino que únicamente avisa al Yo de la activación de alguna de ellas dependiendo del caso. Estas áreas del núcleo del Yo, por tanto, no hay que confundirlas con las reales que son las que sí poseen contenidos. Por ejemplo, un dolor en un pié, el área cuerpo del núcleo del Yo avisa al Yo que está activada pero el que sufre el dolor es el cuerpo real del Yo.

Preciso resaltar la importancia de la diferenciación y especialización hemisférica que posibilita el surgimiento de los roles sociales a partir del Yo social. Los roles sociales son prolongaciones yoicas considerados como superestructuras del Yo. Su elaboración parte de la interacción con los otros roles ofertados por la estructura social.

El Yo a partir de esta diferenciación hemisférica, queda subdividido en dos subsistemas, uno más interno formado por el hemisferio derecho y sistema límbico y el otro, volcado hacia el exterior, constituido por el hemisferio izquierdo y la relación con la estructura social. Rojas-Bermúdez denomina al primero subsistema natural por estar cercano a las percepciones, emociones, imágenes sensoriales y mentales; por otro lado, el subsistema social, donde el lenguaje y la comunicación con el entorno a través de los roles sociales es su prioridad. Esta estructura es la estructura básica de la personalidad de cada individuo. Considerando que la conciencia es la integración funcional emergentista del Yo Natural con el Yo Social donde los dos subsistemas quedan incluidos.

Es importante subrayar el papel de las imágenes mentales en la conciencia y en la estructuración del siquismo. Rojas-Bermúdez (2012, 42) observa que “las primeras imágenes mentales corresponden a la organización cerebral que resulta de las interacciones programadas genéticamente, que permiten al individuo integrarse en su medio natural. Estas imágenes corresponden a la realidad biológica de F. Jacob ( 1982),   es decir, a la construcción selectiva de un espacio interior equivalente al espacio exterior significativo para la especie”. Estas palabras resaltan la relevancia de las imágenes en la estructuración de la conciencia, las cuales ponen a disposición del individuo tanto el conocimiento de sí mismo como la representación del entorno.

Rojas-Bermúdez le ha dado tanto valor a las imágenes como para crear una metodología sicodramática que permite construirlas externamente en el escenario, considerándolas como “mapas mentales” de las experiencias vividas. En la misma línea en que Damasio (2010, 109) afirma que los mapas cerebrales son el sustrato de las imágenes mentales y que cuando el cerebro crea mapas crea imágenes, “la principal divisa de nuestra mente”. De este modo, la conciencia nos permite percibir mapas como imágenes, manipular estas imágenes y aplicarles el razonamiento. Lo esencial es tener en cuenta que los mapas se construyen en la interacción con los objetos (Damasio, 2010, 110).

Changeaux (1995, 191) sugiere que “los objetos mentales, como las imágenes, movilizan preferentemente neuronas del hemisferio derecho mientras que las de contenido mas verbal, los conceptos, reúnen más bien neuronas del hemisferio izquierdo”. Este autor añade que, con frecuencia, la comunicación de imágenes tiene que pasar por los signos del lenguaje “el sistema de comunicación pesado y engorroso que transporta mal que bien el lenguaje del pensamiento” (Changeaux, 1995, 192). Springer y Deutsch (1994) han evidenciado en estudios realizados a pacientes con daños en el hemisferio derecho, graves trastornos en la orientación y en la conciencia. Teniendo en cuenta que las imágenes mentales son patrimonio de este hemisferio se revela la importancia de éstas en los estados conscientes. Los estudios neurofisiológicos de Sperry y posteriormente los de Gazzaniga (1993) sobre especialización hemisférica señalan la importancia del hemisferio derecho y la imagen en los procesos mentales y por ende, en la conciencia.

En la teoría de Rojas-Bermúdez, las imágenes son patrimonio del subsistema natural del Yo, del que es parte el hemisferio derecho. En definitiva, este autor considera que “los subsistemas yoicos hacen referencia dentro del modelo del esquema de roles, a esta diferencia funcional de los hemisferios cerebrales” (Rojas-Bermúdez, 2012, 49). Antes de esta especialización, el hemisferio derecho ya está activo y puede aportar pre- imágenes que orientan al hemisferio izquierdo en el aprendizaje de actos dando lugar a su predominio en la asimetría funcional que se acentúa con el lenguaje. En este sentido, como la imagen precede al lenguaje, la tarea del hemisferio izquierdo (yo social) es realizar una traducción de la información desde el hemisferio derecho (yo natural) hacia la estructura social. Es un pasaje desde la imagen mental (espacial/simultánea) al acto verbal (temporal/sucesivo). A partir de este momento, se alternará el liderazgo de un hemisferio u otro dependiendo de la tarea que se realice. Según Sagan (1982), “para resolver problemas complejos cambiando las circunstancias se requiere la actividad de ambos hemisferios cerebrales: el camino hacia el futuro pasa a través del cuerpo calloso”. El funcionamiento conjuntado de los dos hemisferios y su especialización aumenta las capacidades del Yo que, en definitiva, es la conciencia.

MÚSICA Y EMOCIÓN EN SICODANZA (A. Coppel 2014)

La Sicodanza, en mi opinión, supera al sicodrama en eficacia terapéutica en muchos aspectos.

En primer lugar, el material surge con mayor facilidad y rapidez debido al poco control que  tiene el individuo cuando es el cuerpo el que está en la escena. Los contenidos se movilizan inundados de sensaciones y, en ese sentido, surgen conexiones con otras imágenes con las que comparten emociones.

En segundo lugar, en sicodrama, aunque las situaciones son simultáneas en comparación con las terapias verbales, no es exactamente así, porque a pesar,  de que se dramatiza con varios personajes nunca hablan a la vez. Las palabras van siempre unas detrás de otras y, en definitiva, sigue siendo lineal.

En tercer lugar, el sicodrama al ser verbal, aunque concurran sentimientos, está liderado principalmente por el hemisferio izquierdo y hablar sobre sentimientos no se parece nada a sentirlos. En la danza, el cuerpo, la música y el movimiento son los elementos fundamentales y al no estar estructurada como lenguaje verbal, las formas corporales muestra los contenidos que fluyen libremente. Se produce una conjunción de elementos donde la música penetra en el cuerpo y emerge transformada en movimientos rítmicos que a su vez se transforman en sensaciones y emociones que finalmente evocan imágenes como configuraciones al unísono.

Desde mi perspectiva lo que define a la sicodanza es lo imprevisto, lo inesperado, lo emergente, no me refiero al descontrol, sino que lo que ofrece es la posibilidad de un espacio de espontaneidad que permita el desarrollo de nuevas formas creativas y desconocidas.

El motor de la sicodanza es la música, la cual tiene la función de saltarse la parte lógica del cerebro e ir directamente a los centros emocionales incitando el movimiento. Según Koelsch (1912), la música es muy potente a la hora de activar cada una de nuestras estructuras emocionales en el cerebro. Se puede modular la actividad en prácticamente cualquier estructura cerebral emocional gracias a las emociones que despierta la música. Esto significa que la música es capaz de evocar el núcleo de las estructuras cerebrales responsables y creadoras de nuestro universo emocional,  apareciendo así un campo más amplio para utilizar la música y la danza como terapia con personas que padecen trastornos relacionados con las emociones.

Koelsch (1912) considera que, a menudo, cuando hablamos de emociones utilizamos palabras para referirnos a algo que sentimos en nuestro cuerpo. Ahora bien, cuando se utiliza una palabra para referirse a una sensación del cuerpo y otra persona utiliza la misma palabra, ¿cómo se puede estar seguro de referirse a lo mismo? Dado que no existe una correspondencia unívoca en el cerebro entre nuestras sensaciones, por un lado, y nuestros centros lingüísticos, por el otro, tiene que producirse una transformación de la información desde las sensaciones 
al código lingüístico. Con la música se puede comunicar una información incluso sin que se vea distorsionada por las palabras. El lenguaje no es como las personas creen, algo para hacerse entender sino que es un instrumento maravilloso para confundir a los demás. Creo que en el caso de la música no se puede decir lo mismo, es más auténtica.

Estas reflexiones de Koelsch concuerdan con la idea de Rojas-Bermúdez de la diferencia entre la emoción  y lo palabra, entre forma y contenido.

Otro autor, Storr (2002, 45) confirma que, “la música provoca el efecto de intensificar y subrayar el sentimiento que evoca  un acontecimiento en especial ”. Considerando también que “el hecho de escuchar música de estructura compleja facilita el establecimiento de unas conexiones neuronales que mejoran el funcionamiento cerebral” (Storr, 2002, 73).

Sacks (1988) apunta que el poder terapéutico de la música es importantísimo teniendo un efecto de relajación de los movimientos en pacientes que sufren ciertos tipos de bloqueos corporales.

LA EFICACIA DEL TRABAJO CON IMÁGENES SICODRAMÁTICAS EN SICOTERAPIA (A. Coppel, 2014)

En general, se distinguen dos tipos de imágenes, las que son traídas a la conciencia voluntariamente y aquellas otras que, sin previo aviso, surgen de manera espontánea. Entre estas últimas destaca la imagen onírica, pero hay también otras en la vida diurna, que se producen sin estar sostenidas por una exigencia cognitiva previa. Estas imágenes involuntarias poseen una gran carga emocional, pues a menudo, evocan situaciones cuya resonancia afectiva no deja indiferente. Prácticamente, este tipo de imágenes no se han tenido en cuenta en los procesos terapéuticos. Sin embargo, Paivio (1984) considera que la imagen ocupa un lugar central tanto en la vida afectiva como en su relación con la personalidad y por tanto,  su utilización tiene grandes posibilidades en la intervención psicoterapéutica

En otros modelos terapéuticos, las imágenes se han utilizado en sicoterapia pero se quedaban en la fase imaginativa y se hablaba de ellas pero no se construían fuera del sujeto. En este sentido, Paivio (1984, 220) también informa que “hay autores que mantienen que el papel de la imagen consiste en  permitir una mejor aprehensión cognitiva por el sujeto de las situaciones patógenas que evoca”

Rojas-Bermúdez (1988) ante los frecuentes fracasos de las soluciones vivenciales donde los conflictos y síntomas se repetían constantemente, comienza en 1965 a pedir a los pacientes que realicen imágenes. Finalmente, elabora la Técnica de Construcción de Imágenes que investiga la vivencia misma de una forma comprensiva. Para ilustrar un poco esta idea voy a poner un ejemplo,  un paciente que ha dramatizado varias veces situaciones donde vivencia un gran enfado comenta al final “la rabia me come las entrañas”, al representar estas palabras como imagen sicodramática en el escenario, surge una estructura donde se ven las relaciones entre las partes, y a la vez, una visión holística concreta y sintética que clarifica totalmente la situación de rabia. La diferencia entre dramatizar la rabia y construir una imagen de la rabia estriba en que en el primer caso, se vivencia y se siente la rabia y en el segundo, se va a la estructura emocional de la rabia.

Rojas Bermúdez considera que la información interior (imágenes neurales) que parte del núcleo del yo (sistema límbico), se convierte en imágenes mentales en el hemisferio derecho y a continuación, es traducida a palabras por el hemisferio izquierdo que son comunicadas a la estructura social por medio del rol. Estas palabras, a su vez, se reconvierten en imágenes sicodramáticas en la escena.

La técnica de construcción de imágenes permite que este proceso que comienza en el núcleo del yo termine en el espacio sicodramático dando una especie de salto desde lo más íntimo y emocional del individuo a lo más externo. La palabra está considerada lo más social  y la imagen lo propiamente individual, de este modo y a través de las imágenes sicodramáticas, los terapeutas podemos trabajar con los contenidos más internos de los pacientes.

El núcleo del yo además de indicar al yo de que área provienen los estímulos, es, también el encargado de trasmitirle imágenes neurales de sus necesidades, emociones, malestares y bienestar. Según Rojas-Bermúdez (1997, 454), “el núcleo del yo, una vez culminada su estructuración funciona como un marcapasos sicológico, de su funcionamiento va a depender tanto el estado de ánimo del sujeto como sus manifestaciones patológicas… la alteración de este marcapasos perturban al yo desencadenando diferentes formas de sufrimiento. Se podría decir que el núcleo del yo no sufre, sino que hace sufrir al yo”

En este sentido, las imágenes expresan el conocimiento del mundo que tiene el individuo y, como componentes específicos de las estructuras de la representación, se encuentran directamente relacionadas con la función simbólica. La imagen, de todos modos,  no es el calco pasivo de la realidad, sino el resultado de procesos dinámicos, que organizan y transforman la información perceptiva original mediante una esquematización y una abstracción de sus rasgos principales. Una imagen no contiene tanta información como la estimulación original. Por eso, la construcción de imágenes parece resultar de la abstracción de elementos privilegiados en el seno de la realidad percibida. Palabras como cólera, ansiedad o tristeza que se consideran relativamente abstractas, no están, sin embargo, desprovistas de representaciones en imágenes. Esto se puede entender si se admite que los individuos pueden evocar situaciones en las que se ilustran o experimentan estos estados.

Resumiendo, las emociones son especialmente difíciles de expresar con palabras, por este motivo, construir imágenes de la emociones evidencian la utilidad de esta magnifica  herramienta. La técnica de construcción de imágenes  se manifiesta como un instrumento tan eficaz que, en este momento, es considerada por su autor como la principal vía metodológica de su modelo sicodramático.

 

CUERPO Y EMOCIONES (Amelia Coppel, 2014)

El cuerpo es clave en los procesos cerebrales. La actividad mental requiere a la vez del cerebro y del cuerpo. El cuerpo, tal como esta representado en el cerebro, proporciona algo más que el mero soporte, procura la materia básica para las representaciones neuronales. Hay que tener en cuenta que las imágenes son sentidas en el cuerpo. Los cuerpos que elaboran mapas tienen la capacidad de introducir literalmente el cuerpo como contenido en el proceso de la mente. (Damasio, 2010). Damasio añade que la mente conoce el mundo exterior a través del cerebro, pero a la vez, el cerebro sólo puede ser informado a través del cuerpo. La comunicación cuerpo-cerebro se efectúa en las dos direcciones, por medio de receptores y efectores.

Los receptores sensoriales se encargan de recoger la información ambiental y transmitirla al sistema nervioso. Pueden ser terminaciones nerviosas o células especializadas que se agrupan formando los órganos de los sentidos. Los receptores reciben estímulos del medio que nos rodea. Estos estímulos para poder ser captados deben tener un umbral de intensidad mínima, por debajo de la cual no hay acción. Una vez captado el estímulo es transformado en impulso nervioso que es conducido al centro correspondiente donde se crea lo que llamamos sensación. Dichos centros nerviosos generan una respuesta frente al estímulo, enviándola a los órganos efectores, órganos motores (aparato locomotor) o glándulas secretoras (sistema endocrino)

También son imágenes las sensaciones que constituyen el trasfondo de cada instante mental y significan estados del cuerpo. Todas las imágenes son sentidas porque van acompañadas de las imágenes que llamamos sensaciones. Toda imagen contiene sensaciones y las sensaciones son la puerta de las emociones.

Las imágenes no sólo son visuales. Cada modalidad sensorial tiene sus imágenes:   visual, olfativa, gustativa y somato-sensorial. Estas imágenes somáticas se refieren al tacto, músculos, temperatura, dolor, órganos internos y vestibulares. Pero este conjunto de imágenes no son nunca estáticas, sino que fluyen dinámicamente y muchas están relacionadas unas con otras y son capaces de desencadenar tipos concretos de reacciones emocionales en cadena. Esto sucede, por ejemplo, en el caso de los estímulos que causan miedo, activan la amígdala consiguiendo producir la cascada del miedo. La emoción es un programa de acciones y estas acciones consiguen un cambio en el estado corporal. A partir de aquí el cuerpo informa al cerebro de los cambios experimentados a través de señales químicas y neuronales y el cerebro produce respuestas para corregir los cambios que amenazan la vida del organismo, comunicando al cuerpo el modo de construir un estado emocional. Vemos que las emociones, en definitiva, se refieren a la vida de un organismo, a su cuerpo, y su papel es el de ayudar al organismo a conservar la vida. Una idea relacionada con lo anterior, es que la mente no sería como es, si no fuera por la interacción entre el cuerpo y el cerebro durante la evolución, a lo largo del desarrollo individual y en el momento presente.

Damasio (2001) afirma que los fenómenos mentales sólo pueden comprenderse en el contexto de la interacción de un organismo con su ambiente, en total acuerdo con Rojas-Bermúdez (1997, 347), que considera que “la estructuración del siquismo resulta de las diferentes interacciones del individuo con su medio”. Esta enunciación es la base de la teoría de Rojas-Bermúdez sobre la estructura de la personalidad planteada muchos años antes que Damasio. Coppel (2013) “considera que “Rojas-Bermúdez ha tenido la genialidad de crear una teoría del siquismo, basada en un modelo neurofisiológico, que actualmente, gracias a la neuroimagen, la mayoría de sus hipótesis han sido confirmadas”.

Poseer una mente conlleva la capacidad de formar representaciones neurales que pueden convertirse en imágenes, ordenadas a través del pensamiento, e influir en el comportamiento para predecir, planificar y elegir. Esto nos conduce a la conciencia. La esencia del sentimiento es la percepción directa del lenguaje corporal. Damasio propone que los sentimientos no sólo se basan en el sistema límbico sino también en algunas de las cortezas pre-frontales que integran señales que proceden del cuerpo. Contrariamente a la opinión científica tradicional, los sentimientos y las emociones son tan cognitivos como otras percepciones.

Es de una evidencia constatada que las emociones no sólo afectan a la mente sino también al cuerpo. Por ejemplo cuando se siente miedo, la presión arterial aumenta y el ritmo cardiaco se acelera. Es más, de hecho se sabe que se tiene miedo por esas alteraciones físicas. En última instancia, la palabra miedo es un código usado para comunicar ese estado físico a la estructura social. La palabra miedo (forma verbal) por sí misma no significa nada si no tuviese los cambios físicos correspondientes (contenidos). Todo el mundo alguna vez ha sentido miedo y comprende el efecto que produce, sin embargo, la emoción del miedo es particular en cada individuo, sólo la palabra es la misma.

MESA REDONDA AEP MURCIA 14: DIFERENTES ENFOQUES DENTRO DEL SICODRAMA: EL SICODRAMA EN EL MODELO DE ROJAS-BERMÚDEZ Amelia Coppel (Octubre 2014)

Rojas-Bermúdez inició su actividad terapéutica con el sicoanálisis ortodoxo kleniano. A partir de este modelo, se fue dando cuenta  que tanto la práctica como la teoría eran insuficientes, comenzando una búsqueda en otras áreas de investigación que le aportasen nuevas ideas. En primer lugar, retomó el cuestionamiento de Pichon-Rivière sobre el punto de fijación de las histerias en la evolución de la libido, consideradas por Freud y Abraham anteriores a la madurez sexual. En segundo lugar, se fijó en las tres áreas fenoménicas del mismo autor, que le posibilitaban establecer una correlación entre la evolución de la libido y las áreas. Con estos nuevos conceptos, empieza a replantearse la base teórica para una  comprensión estructural del siquismo a la cual referir, a la vez, los procesos evolutivos y los cuadros clínicos. Enfatizando más el aspecto perceptivo (procedencia de los estímulos) y la diferenciación entre áreas del siquismo y los territorios en los cuales ocurren las conductas, que en la concepción de Pichon-Rivière donde las áreas son la expresión de la conducta.  Este proceso le llevó a investigar en otros campos ajenos al sicoanálisis como la neurofisiología, en la búsqueda de  soportes fisiológicos de los procesos evolutivos sicológicos, la etología, la siquiatría infantil, la propia clínica, etc. A pesar de todas estas investigaciones, no conseguía integrar el esquema lineal de Abraham y Freud con las tres áreas de Pichón-Rivière. Finalmente, entra en contacto con Moreno que le aporta el concepto de rol sicosomático, el cual incluye la dimensión social al relacionar una función fisiológica indispensable con el medio.  La idea de zona de Moreno permite al autor introducir un nuevo punto de vista sobre la dinámica de los procesos evolutivos, desplazando su atención del individuo a la interacción. Logra con ello integrar lo temporal con lo espacial para lo cual se requería de una coherencia tanto evolutiva como estructural a nivel teórico.

Como el propio Rojas-Bermúdez escribe, en su libro “Teoría y Técnica Sicodramáticas” (1997),  sólo mantiene del psicodrama moreniano su estructura formal, no sigue su metodología ni sus planteamientos teóricos. Bajo mi punto de vista, la teoría de Rojas-Bermúdez no es una teoría sicodramática. En 1966, crea una teoría neurofisiólogica del siquismo humano.  De esta manera, partiendo del sicoanálisis configura  una teoría de la personalidad que integra lo evolutivo y lo estructural basada en el desarrollo fisiológico. Considerando que el siquismo es una función del sistema nervioso, su inicio, estructuración y desarrollo son el resultado de las interacciones del individuo con su medio. La organización síquica no se refiere sólo a la estructura interna del organismo sino que engloba también a la estructura del entorno con el cual interactúa. En palabras del autor “La progresiva configuración de un modelo fisiológico en el que empiezo a comprender que los registros nerviosos son el resultado de experiencias complementarias, me lleva a considerar que dichos procesos podrían estar programados genéticamente” (Rojas Bermúdez, 1997, 343). De este modo, considera que ambas estructuras interna y externa están programadas genéticamente. Cada individuo trae un pre-programa a la vida y este pre-programa se pone en actividad en la medida que es complementado por el pre-programa de afuera. La organización del siquismo se debe a estas interacciones complementarias, que tiene como paradigma la relación boca-pecho. Cada vez que se da una interacción se produce un registro. Estos registros, que en el inicio de la vida van organizando poco a poco la actividad síquica, se integran en el Núcleo del Yo. Este proceso culmina a los dos o tres años de vida. A partir de este momento, comienza la etapa del aprendizaje social, los registros que resultan de este aprendizaje se incorporan al Yo,  y con el desarrollo de los roles sociales se va configurando el Esquema de Roles. Por un lado, el rol social es una prolongación yoica y por otro, es una conserva cultural. El rol social surge de la interacción de la estructura yoica con la estructura social. De tal modo, que cuando un rol interactúa con su complementario, ya hay un conocimiento previo de las pautas de comportamientos posibles. De esta relación surge el vínculo.

En la escuela de Rojas-Bermúdez, la metodología de la etapa de dramatización consta de dos vías: la dramatización clásica de Moreno dirigida a jugar roles enfatizando la vivencia, y la Construcción de Imágenes, aporte del autor, donde el objetivo va dirigido a conseguir la visión estructural de la vivencia más que a producirla,  facilitando su comprensión y entendimiento. Ambas formas se alternan y se complementan perfectamente. En mi opinión, la técnica de imágenes es uno de sus mayores logros.

Otro aporte de Rojas-Bermúdez es la inclusión de los Tres Contextos en el Encuadre Formal, junto a las Tres etapas y los Cinco instrumentos, que se han integrado de tal manera que muchas autores desconocen que no son de Moreno.

Su gran rigor científico y respeto por los procesos biológicos naturales le han conducido a formular uno de sus principios básicos “seguir al paciente” donde lo terapéutico, básicamente, “es recibir el material del paciente e intentar que con eso resuelva para su vida, no para la del terapeuta” (Rojas-Bermúdez, 1993). En definitiva, la actitud terapéutica surge de la ética del vínculo entre el director y el paciente.

Rojas-Bermúdez, también,  amplia la importancia del Yo-auxiliar, la cual ha sido fundamental en su obra, implantando su profesionalidad y formación sicodramática. El rol de yo-auxiliar es complementario al rol de director y juntos constituyen el equipo terapéutico: la Unidad Funcional

Otra diferencia es el énfasis en lo corporal frente a la palabra. Sin embargo, el sicodrama no deja de lado lo verbal, sino que, por el contrario se jerarquizan las palabras, al incluirlas en un contexto más amplio, como lo es el de los actos.

Resalta el papel de los caldeamientos, cuyo fin es preparar al individuo para la acción y los clasifica en inespecífico y especifico.

Finalmente, introduce la teorización sobre el uso y funciones de los objetos en la sesión de sicodrama: Objeto Intermediario y Objeto intraintermediario.

De acuerdo con Moreno, considera que el sicodrama es el paso de la terapia del individuo a la terapia en grupo, del tratamiento con técnicas verbales al tratamiento con técnicas de acción.

Puede sorprender porqué Rojas-Bermúdez utiliza el Sicodrama. Principalmente, se debe a ser una terapia de interacción en la que interviene el cuerpo en el espacio y donde las imágenes van a ser construidas en el escenario como una estructura. El Encuadre Formal sicodramático tiene que ver con su visión teórica y metodológica. Estos motivos son los que le llevan a  abandonar el encuadre sicoanalítico, adoptando la forma sicodramática que le permite trabajar más de acuerdo con sus convicciones. Concluyo que es este encuadre lo que le une a Moreno y al Psicodrama

Bibliografía

Rojas-Bermúdez, J.  (1979).  Núcleo del Yo. Lectura sicológica en los procesos evolutivos fisiológicos. Buenos Aires: Genitor

Rojas-Bermúdez, J.  (1984).  Qué es el Sicodrama. Teoría y práctica. Buenos Aires: Celcius

Rojas-Bermúdez, J.  y otros (1988). Avances en Sicodrama. Buenos Aires: Celcius

Rojas-Bermúdez, J. (1993) Actitud Terapéutica. Taller de supervisión en la Coruñ Y este encuadre es lo que le une a Moreno y al Psicodrama a (papers)

Rojas-Bermúdez, J (1997) Teoría y técnica sicodramáticas. Paidós

EL ROL DEL SICODRAMATISTA: PODER Y PATOLOGÍA” (Amelia Coppel – Marzo 2012) Taller presentado en la Reunión anual de la ASSG. SEVILLA, 2012.

Con motivo del tema de la reunión anual de la ASSG, “El rol del Sicodramatista” se me ocurre hacer una reflexión sobre una cuestión difícil, incluso espinosa, pero que, me parece importante en la medida, en que concierne a la dimensión ética del rol del sicodramatista. No es común aceptar con calma el hecho de que el ejercicio del Director de Sicodrama conlleva cierto poder. Estamos tentados a negarlo o nos resistimos a enfrentarnos a ello. En principio, el poder nos es algo ni bueno ni malo. Todo depende del uso que se haga de él. Mi punto de partida es que el uso indebido del poder se debe, principalmente, a la patología del sicodramatista. Esta cuestión del poder que ostenta el sicodramatista abarca, al menos, tres ámbitos: Por un lado, está el ámbito del sicodramatista con los pacientes. El sicodramatista puede, en vez de “seguir al paciente”, conducirle por determinado camino para alimentando una relación especular, gratificar su propio ego. Esto se da, por ejemplo, cuando el sicodramatista impone sus propias convicciones vitales o da instrucciones de acuerdo a su propia ideología. Lo más patológico es cuando cree que sabe qué es lo que les conviene a los pacientes. Por otro lado, tenemos la unidad funcional, también nido de rivalidades hasta tal extremo que muchos sicodramatistas trabajan solos por temor a que el yo-auxiliar les haga sombra. A veces, en los casos en que el sicodramatista cuenta con un yo-auxiliar, éste, no obstante, es mantenido la mayor parte del tiempo en el contexto grupal, evitando que alcance demasiado protagonismo; o, en las pocas ocasiones que sale al escenario, no es para que actúe como un radar que investiga los vínculos sino para limitar su hacer por medio de una batería de instrucciones (lo cual impide que juegue el rol complementario de forma espontánea). En otros casos, el director le expone a situaciones comprometidas que se prolongan innecesariamente y no recurre al corte de la escena. Ahora bien, no es menos cierto que desde el lado del yo-auxiliar también puede producirse un “boicoteo” al director, sobre todo en la parte de la dramatización, como, por ejemplo, cuando el yo-auxiliar no sigue fielmente las consignas que recibe; o juega (sin consigna del director) los roles con el protagonista de forma agresiva o seductora, lo cual provoca escenas tensas que, de pronto, el director tiene que resolver. En ambos roles, por tanto, puede darse una falta de cuidado indeseable que da lugar a la patología de la Unidad Funcional. Finalmente, está el ámbito de las Asociaciones de Sicodrama. Cuando los sicodramatistas ocupan puestos en los comités directivos pueden, fácilmente, valerse de esta posición privilegiada para satisfacer deseos ajenos a su cargo como, por ejemplo, deseos de control o de ambición. También las posiciones de poder facilitan el enmascaramiento de pasiones antisociales (como la envidia o la venganza) de las que, si bien nunca es fácil tomar conciencia, más difícil lo es aún si se carece de terapia personal o no se supervisa habitualmente. A mi juicio, un trabajo sobre esta dimensión ética del rol de sicodramatista, es, a día de hoy, muy necesario. Y estoy convencida de que trabajar sobre ello, no puede sino elevar la calidad de nuestra labor terapéutica y, por tanto, mejorar nuestra profesionalidad.

EL SICODRAMA ES PSICODRAMA?   (A. Coppel, 2010)

La reflexión, sobre un tema que ya había tocado con anterioridad, ha regresado como “el eterno retorno”, después de leer un artículo de Rosa Rey en su Web titulado “El Sicodrama Formal: lo práctico es la teoría”. Estoy aludiendo a la crítica, también eterna, al Sicodrama: “la teoría no tiene que ver con la práctica”.

Hay que reconocer mal que nos pese que es bastante obvio. Cómo es posible relacionar las dramatizaciones, cambios de roles, soliloquios, etc. en un escenario, con el Núcleo del Yo, los conceptos de Yo natural y Yo social, el sí mismo sicológico, etc. En definitiva, una teoría neurofisiológica con una práctica “teatral”.

A pesar de esta evidencia, es justamente en ese punto donde está el quid de la cuestión porque en el Sicodrama de Rojas-Bermúdez el teatro tiene poco que ver. ¿Entonces qué Sicodrama es éste? Hace años, siempre estaba “peleando” con mi colega y amigo Luciano Moura, psicodramatista portugués, sobre cuál era el sicodrama auténtico el suyo o el mío. Hasta que un día me soltó “es que tu no haces Psicodrama”. Y no se porqué esta vez se hizo la luz y me calló la boca para siempre. Luciano tenía razón, yo hacía Sicodrama y se acabaron nuestras discusiones.

El Sicodrama partió de la práctica y dio lugar a la teoría. La teoría, en simple, supone una comprensión de la estructura de la personalidad basándose en procesos evolutivos y en las interacciones organismo-entorno a nivel de pre-programas genéticos de donde resultan las configuraciones neuronales. En este momento y desde hace ya varios años, el trabajo sicodramático se aborda fundamentalmente con imágenes dramáticas, juegos y caldeamientos corporales, técnicas de comunicación estética, sicodanza, etc. y las dramatizaciones verbales, poco a poco, han ido perdiendo espacio.

“Al referirnos a la imagen dramática tenemos que considerar la imagen mental de donde proviene. La Imagen Mental es la resultante de la actividad de circuitos neuronales estables o de la combinación aleatoria o dirigida de muchos de ellos. Las primeras Imágenes Mentales corresponden a la organización cerebral que resulta de las interacciones programadas genéticamente que son las que le permiten al individuo integrarse a su medio natural” (Rojas-Bermúdez – 1994)

En este sentido, si trabajamos a partir de representaciones mentales de lo que sentimos, pensamos y percibimos afuera, creo que, nuestra práctica sí tiene mucho que ver con la teoría.

LA ETICA EN SICODRAMA. DIALOGO CON ROJAS-BERMUDEZ. (Amelia Coppel-2009 )

Hace bastantes años en un taller de Sicodrama impartido por Rojas-Bermúdez, yo le pregunté ¿Cuál era la ética del sicodrama?  Con esa forma especial que tiene él al usar el lenguaje más o menos me contestó:

En todas las sicoterapias, de alguna manera, el terapeuta es el curador. Si el terapeuta es el curador, el paciente no sabe lo que tiene que hacer. Es el terapeuta el que tiene el poder de curar arrogándose todos los derechos. El planteamiento en Sicodrama es al revés: es el individuo el que tiene que aprender a curarse y el terapeuta tiene que facilitar los medios para que él descubra la manera de resolver su conflictiva. Es lo mismo que en cualquier enfermedad, una persona tiene un absceso. El médico lo abre, lo limpia, le pone antibiótico… Es lo que se puede hacer médicamente. Pero la forma de unirse una célula a otra, de eliminar trozos o deshechos y demás, es totalmente una función del propio organismo. El médico no puede enseñar a una célula que se pegue a otra y en qué punto. Vemos cicatrices raras, gruesas, retorcidas o perfectas. La forma de cerrar tiene que ver básicamente con el organismo de cada uno. Lo único que puede hacer el médico es disminuir la tensión o la fiebre o lo que sea, para favorecer que la propia persona encuentre la forma eficaz para la reparación. El único que tiene la percepción de cómo se siente mejor es el paciente con su propia experiencia. Por lo tanto, hay que dejar que el individuo guíe su propia curación: “Lo ético es seguir al paciente”. Si el terapeuta tiene la idea previa de que al paciente le pasa tal o cual cosa y quiere que salga eso, está manipulando.

Lo que buscamos en Sicodrama es no meter nuestro propio material. Eso depende de la forma de trabajo. Si se trabaja con interpretaciones se le está diciendo al otro qué es lo que le pasa: “Usted está haciendo esto por tal cosa” y este señalamiento está pasando por la propia vivencia del terapeuta. El manejarse con interpretaciones es contaminar el material. En Sicodrama la situación es distinta, en cuanto, a la aproximación al paciente. En Sicodrama se trata de crear situaciones donde el individuo se maneja con su material. El terapeuta lo que dirigiría sería la técnica para que las cosas se pongan en evidencia. Todo el contenido es del protagonista.

El trabajar con las Formas permite no contaminar el paciente con el material del terapeuta. Por ejemplo, si el paciente dice “me voy a suicidar”. El terapeuta debe aceptarlo “bueno ¿cómo te vas a suicidar? “ Y pasar a trabajar la situación global con imágenes o dramatizaciones. Todo eso depende del protagonista. No se trata de decirle “dices que te quieres suicidar para llamar la atención” esto sería una lectura contaminada del terapeuta. Otra cuestión sería ¿Cuál es la actitud del terapeuta ante alguien que plantea que se quiere suicidar? ¿Tratar de evitarlo? ¿Darle una salida hacia la vida? ¿Dejarlo ir hacia la muerte si es lo que quiere? O rehuir trabajarlo porque le da miedo no saber manejar la situación. Lo primero es no eludir la situación crítica sino aceptarla. Ir a verla directamente con la mayor cantidad de datos posibles y pasar después a elaborarlos. El paciente es libre para elegir. El director lo que haría es investigar cuáles son todas las posibilidades que tiene a favor o en contra con respecto a las cosas que pueden pasar. El proceso es que el individuo decide algo consigo mismo. Y nuestra labor es de qué manera conseguimos objetivar la situación. Hay que llevar al paciente a resolver su problemática, que esa problemática sea bien o mal vista para la sociedad es otra cosa. Lo básico es ¿Qué es lo que este individuo necesita para vivir bien? El individuo lo que está buscando es eso. Ahora, ¿Cuál es su forma? ¿Cómo se las ingenia? Eso es cosa de él. La situación terapéutica no es tratar de entrar dentro del bien y del mal. ¿Qué es lo bueno o lo malo? Porque lo bueno puede ser bueno para el terapeuta y malo para el paciente o al revés. No es ¿Cómo puedo dejar que este tipo haga las barbaridades que hace? Es de qué manera poner las cartas sobre la mesa y que él decida. “Lo terapéutico va a surgir de la ética de la relación terapéutica” Lo terapéutico, básicamente, es recibir el material del paciente e intentar que con eso resuelva para su vida, no para la del terapeuta.

Al releer esta genial respuesta enlazo con la idea de la necesidad que tienen, algunos terapeutas, en curar a sus pacientes por encima de todo y lo más deprisa posible. Esta necesidad de curación tiene más que ver, con el propio deseo que, con el buen hacer profesional. El deseo está construido sobre una carencia, en este caso, del terapeuta. Establecer el vínculo terapéutico sobre esta carencia conlleva, según mi opinión, a solventar el vacío del terapeuta y no el del paciente. Hay una frase de Lacan que siempre me llamó la atención y ahora viene como anillo al dedo “Es necesario cuidarse de aquel que quiere tu bien”